Tampoco yo te condeno

mujer adúltera

No esperábamos menos de Jesús. Porque el Jesús que nos presenta el evangelio de San Juan es aquél que no ha venido a condenar el mundo, sino a que el mundo se salve por él. Él ha venido a salvar lo que estaba perdido, a poner fuego en lo que estaba aterido, a alumbrar a quien buscaba con angustia entre tinieblas. La gratuidad de su amor y su respeto es total. Nadie precisa de méritos previos, en el sentido de responder al canon del decoro, para poder ser mirado con amor por Jesús. Esta pobre mujer, que no es sino uno cualquiera de nosotros, “merece” el respeto y el cariño de Jesús. Pero, entendámonos bien, lo merece simplemente porque Jesús es como es, porque él ha querido que todo ser humano que sufre las consecuencias de la herida que deja en él su pecado pueda ser acreedor de la misericordia absolutamente gratuita de Dios. No será Jesús quien tire la primera piedra sobre la condena que pesa sobre nosotros. Y eso que él sí está libre de pecado, y podría con justicia hacerlo. Este pasaje del evangelio de San Juan nos llena de agradecimiento a Dios, nos llena de confianza en su infinita misericordia, nos llena de paz, al saber con quién caminamos, en manos de quién estamos. “Yo tampoco te condeno. Vete en paz” son palabras que suenan a música celestial cuando las escucha con fe un corazón que ha dejado a los pies de Jesús su pecado. Y lo es no sólo porque uno “cree” que ha sido perdonado, sino porque uno experimenta tal paz y tal dulzura que sabe que todo comienza de nuevo otra vez. Ah! Eso sí. Sin olvidar su consejo de amigo y Señor: “no peques más, no vuelvas a hacerte este daño, no juegues a esta “ruleta rusa” que tanto puede un día destrozar tu vida. Y si lo has hecho, o si lo estás haciendo, ven a mí para que experimentes salvación y vida nueva”.

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