Orar siempre sin desfallecer

oracionJesús lo tenía muy claro. Dios no dejará pasar ni un sólo grito de un pobre que le suplique gracia. Tal como él lo ve, no va perdida ninguna oración, ni va a ser desatendida. Ese es el irrenunciable punto de partida de Jesús, y debe ser -así nos lo enseña- el nuestro propio a la hora de ponernos a orar. Hasta humanamente tiene una comprensibilidad sencilla el hecho. Si pido algo sin convencimiento, con dudas de que aquello que pido lo necesito de verdad, si comienzo a pedir pensando que no voy a recibirlo, si sólo pienso que “tal vez suene la flauta…”, mi interlocutor, que lo sabrá, no se va a sentir muy inclinado a concedérmelo. Tal vez a él mismo le está quedando claro desde el inicio que estoy convencido de no ser escuchado. Y se preguntará: “Entonces, ¿por qué me lo pide?” En el fondo, no está en juego en este evangelio el tema de la oración en sí misma, sino el modo en que ésta se hace. Estamos hablando -continúa el Señor hablando- del tema que nos hablaba los domingos anteriores: la fe. Hace un par de domingos nos advertía de que si nuestra fe era como “un grano de mostaza”, sería suficiente para que viéramos maravillas. El domingo pasado nos enseñaba que sólo mirando desde la fe la vida que vivimos, sólo entonces, podríamos reconocer los signos del paso de Dios por ella, y las bendiciones con las que nos había visitado. Y responder, entonces, con agradecimiento. Y, claro, desde esta experiencia es fácil “orar siempre sin desanimarse”, es decir, desde la fe en el gran amor que Dios nos tiene. No lo damos por supuesto. Simplemente lo reconocemos ya presente en nuestra vida. Entonces será fácil pedir, y Él sabrá que lo hacemos con fe. ¿Cómo va a dejar de escucharnos? Pero este es el reto, y Jesús lo sabe. Por eso puede preguntar: “Cuando venga el hijo del Hombre, ¿encontrará la fe en la tierra?” O, más sencillamente aún: ¿la encuentra hoy en mí?

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