Éste es el rey

cristoreyEstá claro que aquí el título de rey no responde a otra cosa que un escarnio de mal gusto. En efecto, llamar rey a un crucificado no nos puede llevar a otra conclusión. Tal vez sea por esto por lo que nos empeñamos tanto históricamente en separar este letrero del lugar de y la condición de la persona sobre la que pende. Es decir, queremos a un Jesús Rey, pero sin cruz. Así podremos hacer teologías sobre el reinado de Jesucristo, en analogía con el reinado de los grandes señores de la historia. No cabe duda de la buena intención, porque casi siempre nos guía el amor y la admiración por Jesús, quien, por su resurrección ha sido constituido “Señor de la historia”. Y así queremos proclamarlo Señor y Rey. Eso está bien. Pero no podemos olvidar en ningún caso la imagen que de su reinado nos ofrece el evangelio de hoy, para que no corramos el riesgo de devaluar y deformar lo que Jesús dice de sí mismo cuando afirma “soy rey”. Él ya lo había advertido: si se quiere ser el primero, se ha de ser el último y el servidor de todos. El reinado de Jesús es el reinado del servicio y el reinado del amor. No se trata para él de buscar siervos para enaltecer su grandeza, sino amigos, y pobres éstos, para enriquecerlos con su servicio y su entrega. Y una entrega hasta el extremo, hasta dar la vida por ellos en una cruz. Y es verdad que no hay mayor reinado que el del amor. Es el único que rinde los corazones, el único que aporta dignidad, el único que cura las heridas, el único que genera esperanza. Sin duda Pilato y los suyos quisieron abochornar aún más a Jesús colgando sobre su cabeza, en su cruz, este cartel. Pero terminaron realizando, sin querer, un gesto profético. En efecto, Jesús es el Rey, porque es el primero en su reino de amor, servicio y entrega. Y porque así se conquista un pueblo de hombres y mujeres libres y agradecidos, un pueblo en el que servir y hacer el bien al otro sea la máxima aspiración para cada uno de sus miembros. Podemos proclamar a Jesús Rey del Universo, a condición de que tengamos claro dónde comienza su reinado, y a qué estampa estará permanentemente unido. Una Iglesia que proclama su Rey al crucificado sólo puede ser un espacio de acogida para los pobres y pequeños, un lugar para el servicio, un “hospital de campaña” que diga a todos los crucificados: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.

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