Las tentaciones del destierro

adviento3

Vivir en el destierro es objetivamente incómodo, desagradable, penoso en la mayor parte de los casos. Pero como a todo lo demás, por lo visto, uno se puede acostumbrar. Tanto y hasta tal punto que el destierro puede pasar a ser tierra habitable y aún amada. Es por eso que el profeta necesita pintar el regreso a la tierra madre con tintes más que vistosos, e imaginar una procesión alegre y gozosa de quienes regresan para, así, intentar sacudir la pereza y las pocas ganas de quienes prefieren no hacer movimientos que exijan abandonar la comodidad conquistada. Eso que le sucedió al pueblo de Israel en Babilonia es lo que ocurre a cada uno de nosotros cuando cobijamos en el corazón una doble vida, o cuando, simplemente, nos hemos habituado a vivir “desterrados” del amor y del fuego del Espíritu. No se está en casa, pero tampoco se está tan mal. Levantarse, volver, reconquistar la tierra amada se convierte a veces en un incordio. Pero hay, como en casi todo, en secreto. Se trata de la obediencia al Espíritu, pero de una obediencia INMEDIATA. Recordemos que a Jesús, o se le sigue “dejándolo todo e inmediatamente”, o no se le sigue, porque uno echa cuentas y éstas no salen siempre favorables al instinto de ganar. Esto significa que no podemos dejar para mañana lo que el Espíritu nos pide hoy. Porque, o bien ya no lo hacemos, o, si lo hacemos, ya no tiene “chispa de vida”, ya no enciende el corazón en entusiasmo, ya no da VIDA. Si has de hacer algo para preparar la Navidad, que no se ponga el sol sin haberlo hecho. Entonces tu ceguera verá, y tu sordera oirá, y tu cojera saltará, y tu muerte estallará en VIDA NUEVA. Es la promesa del profeta, y la del evangelio de este tercer domingo de Adviento. ¡Ven, Señor Jesús!

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