Venid conmigo y os haré pescadores de hombres

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El evangelista Mateo recoge en el texto litúrgico de este domingo los primeros pasos de la vida pública de Jesús, tras la fenomenal experiencia de su bautismo a manos de Juan y su vuelta a Galilea. Y lo que recoge es el meollo de su primer mensaje evangelizador y la primera acción que él ejecuta en los inicios. Es significativo que diga y cuente esto y no otra cosa. Lo primero de todo, señalar que con Jesús se acaban los días de la promesa. Él es el cumplimiento de las mismas. No se trata de decir que nos convirtamos porque de otra manera algo pasará, sino proclamar que es precisa la conversión porque está ya presente, a disposición de uno, la gracia. Es cierto que sólo se accede a ella si se da esa conversión, pero también es cierto que el esfuerzo de la conversión no se liga a una promesa de futuro. El Reino de los cielos está aquí, está en Jesús. El Reino de los cielos es Él mismo. Esto sí que es “evangelio”, es decir, “buena noticia”. Y su primer gesto, una llamada: “Venid conmigo”. Buscar amigos, construir una comunidad, vivir con los otros aquello que se predica, hacer presente en la carne de los llamados el mensaje de Dios es la tarea del evangelio. No se trata, por tanto, únicamente de un anuncio, sino de procurar el espacio en que tal anuncio se verifique, se haga real. No sólo hablar de Dios, o de Jesús, sino hacerlo presente, a él y a sus dones de salvación. Desde entonces, ser cristiano será siempre “ir con Jesús”, caminar con él y seguir sus huellas. Esto precisa de un encuentro personal. Un encuentro y un amor suyos que se transforman en llamada: “ven y sígueme”. Y, como ya no hay tiempo que perder, porque el kairós está aconteciendo, porque es el momento, porque estamos ante el “carpe diem”, ellos, los llamados “inmediatamente, dejándolo todo, lo siguieron”. Y esa aventura sigue viva, porque él, Jesús, sigue vivo entre los hombres, y sigue llamando, y sigue invitando a experimentar la alegría del Reino. La clave está en la rapidez, que no es un impulso incontrolado, y sí, en cambio, aceptar el reto que nos propone su llamada, aceptar el riesgo de dejarlo todo para tenerlo todo. Y para ser pescadores de hombres.

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