Sois la sal de la tierra, sois la luz del mundo

luzSólo las estrellas emiten luz propia. Porque sólo ellas la tienen por definición, no sólo en lo más profundo de sus entrañas, sino en toda su realidad. Es enorme la afirmación de Jesús sobre sus seguidores, impresionante, y no cabe duda que, vista la realidad, parece un exceso. ¿Quién diría que seamos luz y sal en nuestra sociedad? ¿A quién alumbramos? ¿Dónde está el sabor a Dios que tiene el lugar donde vivimos? Alguien dirá que es cierto, que alguno de nuestros mejores hombres y mujeres lo son, que consiguen certificar la propuesta de Jesús. Pero si hablamos de todos, de ese “vosotros” del evangelio… Y es que en realidad sal y luz del mundo lo es Jesús. Sólo él. Así lo manifiesta en el evangelio de san Juan: “Yo soy la luz del mundo”. Aún así no podemos renunciar a su palabra del evangelio de hoy, no podemos encogernos de hombros vista nuestra pequeñez y pobreza. Somos, en palabras del Señor, sal y luz para nuestro mundo. Sólo que está claro el modo de lograrlo. Únicamente brillará en nosotros la luz si cumplimos dos condiciones. La primera, la más importante, es llevarla dentro. Esto requiere estar de verdad habitados por Jesús, vivir en el corazón la llama de su amor, siendo nosotros mimos los primeros “quemados”. Si Jesús es sólo una idea, si es una devoción prescindible, si es sólo una de las posibles luces de nuestra vida, cierto que no brillaremos ni aunque nos abramos en canal. Y es que, en ese caso, no estaremos “llenos” de él, habitados por su presencia. Jesús será todo lo más una luz que brilla más allá y al margen de nosotros mismos. Pero está clara nuestra vocación, y la dignidad que se nos concede. La segunda condición es precisamente esa que decíamos antes: abrirnos en canal, no cerrar ni privatizar la gracia de Dios. No ser luz para nosotros mismos, o sólo para nuestro pequeño grupo. Eso es encerrarla. Y, si lo hacemos así, aun en caso de que la tengamos, tarde o temprano dejará de brillar, porque se nos apagará. Testimoniar a Jesús y hacerlo más allá de nuestras fronteras personales o de nuestro grupo es la única posibilidad que tenemos de que esa pequeña luz que llevamos dentro por su gracia se convierta en un fuego que alumbra y da calor.

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