Paz a vosotros

¡Qué alegría, qué gozo recibir la visita del Resucitado! Toda la semana hemos estado acompañados por hermosos textos bíblicos que nos anunciaban la resurrección del Señor, o eran narraciones de encuentro con el Resucitado. ¡Verdaderamente ha resucitado el Señor!! Es el grito espontáneo, lleno de gozo, que entona la Iglesia, que sabe muy bien que su Señor vive, resucitado de la muerte! Hoy como ayer, en esta asamblea dominical, la del primer día de la semana, fiesta perpetua de la resurrección de Jesús, él llega y se hace tan misteriosa como realmente presente en medio de nosotros. ¡Paz a vosotros! Es su saludo. Y es mucho más que su saludo, porque en estas palabras hay un inmenso regalo: su alegría pascual. ¡Cómo no llenarnos de alegría con su visita! Porque la primera palabra del Señor cuando llega a nosotros no es otra que la de su saludo de paz. Paz que no es en él únicamente la ausencia de conflictos con nosotros -pero qué hermoso saber que no los tiene-, paz que es el signo inequívoco de su amor por cada uno, entregado en sus palabras. De ahí que el corazón se llene de alegría. Una visita, además, a la comunidad creyente el día de su triunfo, y “a los ocho días”, en clara referencia a la asamblea reunida en su nombre para la celebración eucarística. Así nos invita el evangelio a percibir y a vivir cada domingo. Así quiere que esperemos juntos en cada asamblea eucarística a que se haga presente en medio de nosotros con su palabra, con sus gestos de amor, con su pan partido para nosotros. Pero seguirá siendo necesario un gesto de fe, una mirada con ojos de Dios, un corazón sencillo, creyente, que esté dispuesto a reconocerlo en el más pequeño gesto, en la palabra más sencilla, en el medio más humilde. En la Eucaristía recibimos la invitación del Señor a extender nuestra mano para tocar sus heridas resucitadas. No se trata de poner en juego la imaginación porque el Resucitado no es un fantasma. Tiene “carne y huesos”, tiene heridas de clavos en manos, pies y costado, aunque son ya heridas resucitadas. “Trae tu mano, y métela en mi costado. Y no seas incrédulo.” Que el Señor tenga a bien hacernos sentir como dirigidas a nosotros estas palabras del evangelio ahora que nos disponemos a la celebración eucarística del domingo. Que nos llene el corazón de de alegría y paz. Que podamos entonar un sincero ¡Aleluya! por el privilegio de haberlo conocido, vivo y resucitado, y haber recibido todo su amor.

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