Se les abrieron los ojos y lo reconocieron

No sabría decir cuál de las narraciones de encuentro con el resucitado me resulta más impactante. Todas ellas son de ponernos “carne de gallina” no sólo por lo precioso de la narración en sí, sino también por la experiencia tan preciosa de la que son testigos sus personajes. La de hoy es fantástica. Y no hablo de fantasías, sino de preciosidad. Y es que, además, estos relatos son todo un programa para cada uno de nosotros. En ellos damos con el secreto para vivir también hoy la misma experiencia con el Señor. Es preciso constatar una vez más que la iniciativa pertenece al Señor. Es él quien sale a nuestro encuentro en el camino de la vida, de manera particular cuando éste es difícil de transitar por la pena y la tristeza que en ocasiones se apodera de nosotros ante los fracasos, sean reales o aparentes que sufrimos. Su palabra se convierte entonces en fuego que calienta nuestro corazón, en esperanza que alivia nuestras penas. Pero no está todo ahí. Porque esto no lo hará el Señor en el humo de una  “experiencia espiritual”, sino que, ordinariamente lo hará en la encarnación de una persona amiga, una palabra escuchada, un acontecimiento que llena de esperanza. Pero justamente por eso es preciso reconocerlo a él. Para que no pensemos que hemos tenido “suerte”, que la “casualidad” ha estado esta vez de nuestro lado. El coraje y la osadía de la fe que reconoce la presencia del resucitado porque “se han abierto nuestros ojos” y lo hemos visto, nos permitirá que se llene de gozo nuestro corazón y que al instante se ponga en pie para volver a Jerusalén, donde está reunida la comunidad que, a su vez, proclama que Jesús está vivo, certificando de paso nuestra experiencia personal. Lugar privilegiado para este encuentro es siempre la Eucaristía. Quiera Jesús ungir nuestros ojos en la de hoy, de manera que tengamos la certeza de haber sido visitados por él y se llene de gozo nuestro corazón. Quiera él encender un fuego nuevo en nuestro corazón y convertirnos en antorchas vivas que extienden salvación  de Dios allá donde vayamos.

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