Yo soy la puerta de las ovejas

La imagen de la puerta, traída hoy por Juan en el evangelio de este cuarto domingo de Pascua, es, ciertamente, una imagen tremendamente sugestiva. La puerta habla de casa, de hogar, de comunidad, de refugio, de descanso, de seguridad, de familia, de unidad. Y al hablar de hogar, habla de padre, de madre y de hermanos. Habla de un círculo en el que se trasmite amor, acogida, protección. Habla de seguridad, y habla de intimidad. Habla de voces familiares, voces que  son conocidas  y reconocidas, y que trasmiten calma y paz en momentos de inquietud. Y habla también de amorosas presencias que ahuyentan los fantasmas que pretender convertir el hogar en un espacio inhóspito. Cuando la puerta es cerrada detrás de sí por el padre o la madre que llegan, el hogar está ya completo, y nada puede en adelante romper la magia que se traslada al ambiente y a la convivencia interna cuando cuando reina en ese hogar el amor. Así, vivir en la “casa del Señor” debiera convertirse por sí mismo en algo tremendamente atractivo. “Qué deseables son tus moradas, Señor Dios de los ejércitos… Más vale un día en tus atrios que mil en mi casa” (Sal 84) Y así resulta difícil de entender cómo vemos que predomina el movimiento contrario en tanta gente sencilla que un día “vivió en la casa del Señor”. O sí, tal vez sí que lo podamos entender si escuchamos sin prejuicios las palabra del Señor en este evangelio. Jesús, siempre observador, ve lo que ocurre en los rebaños que, sin duda, conoció en los entornos en que se movió. Vio cómo reaccionaban las ovejas cuando el pastor entraba por la puerta del redil, y cómo reaccionaban cuando alguien o algo las intentaba asaltar por el lugar por donde jamás entraría su amo. La dulzura o el miedo son indicadores significativos de quién es el que llega y para qué. Yo soy la puerta de las ovejas. El acceso a cualquier persona ha de ser hecho desde Jesús, pasando por Jesús, tocando a la puerta que es Jesús. Uno se pregunta cómo sería nuestra convivencia si el acceso a los demás lo hiciéramos siempre utilizando la puerta que es el Señor. Nadie nos intuiría como ladrón, ni como mercenario, ni como sicario. Si el pastor bueno le ha dejado pasar, sólo puede llegar bendición. Jesús es también la puerta de la nueva evangelización. Él nos manda ir al mundo entero y predicar el evangelio. Pero para ir hay que salir, y hay que hacerlo atravesando la puerta de su corazón. Y no hemos de buscar ni tener otra distinta a él. Salir por la puerta que es Jesús nos equipará, sin duda, para entrar en el recinto de “su otro redil” sin producir otro sentimiento que el de la alegría de quien ve llegar al que llega con una buena noticia.

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