Con vosotros para siempre

La liturgia de este Domingo VI de Pascua pone ante nuestros ojos y nuestros oídos una parte del llamado discurso de despedida de Jesús. Una despedida “sui generis”, claro. Porque llama poderosamente la atención las veces que, a pesar de la brevedad del texto, el evangelista pone en boca de Jesús la promesa de una presencia que no termina. Jesús se va, pero no nos deja huérfanos. Él vuelve a estar con nosotros a pesar de su marcha. Y estará para siempre a nuestro lado. El mundo lo no verá, pero nosotros lo podremos seguir viendo. A pesar de que Jesús va al Padre, él no deja de habitarnos y de dejarse habitar por nosotros. Esta es, evidentemente, la obra del Espíritu, cuya venida comienza a preparar Jesús. Como un buen catequista, Jesús nos enseña a afinar nuestra mirada. Porque verlo siempre a nuestro lado es la clave de nuestra convivencia y nuestro amor por él. Es éste siempre el mayor reto para un cristiano: ver a Jesús vivo a su lado. Y verlo presente en la vida de cada día. Tal vez no valga de mucho “esconderlo” en la profundidad del corazón del Padre, allá en el cielo. Y es que “el cielo” está demasiado distante para un amor que necesita cerca de sí al amigo y al Señor. O tal vez esté demasiado cerca, porque el cielo está donde está Jesús. Y él está a nuestro lado. Pero en todo caso, será indispensable verlo, reconocerlo, tocarlo con el afecto hecho carne de una amistad verdadera. Sólo así dejaremos de sentirnos huérfanos, sólo así se cumple, por tanto, la promesa de Jesús. El amor es nuevamente la clave. Amar a Jesús es amar lo que él ama, es compartir sus aspiraciones, es participar de su pasión por el reino de Dios hecho presente en la humanidad y en cada hombre y mujer. Por eso amarlo resulta equivalente de guardar su palabra, su mandato, que es esencialmente el amor. El amor que es, por otra parte, el gran regalo de Dios. Es su amor, que se hace presente en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado. Sin el amor de Dios en nuestras vidas no hay presencia, ni visión, ni unión, no hay existencia compartida con Jesús. Y sin ella, ¿qué queda de este hermoso evangelio que escuchamos hoy? El Espíritu, que es el amor de Dios, enciende nuestro amor por Jesús, nuestro deseo de guardar su palabra, nuestra búsqueda sin descanso de su presencia a nuestro lado. Una búsqueda que, cuando existe, va acompañada siempre de una promesa suya: “Me manifestaré al él”.

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