El Cuerpo y la Sangre de Cristo

 

La fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo nos ofrece en la celebración eucarística unos textos bíblicos extremadamente ricos para nuestra reflexión y para una toma de decisiones que se convierten en claves para nuestra vida de fe, para nuestra pervivencia y crecimiento como creyentes en Jesús. Alimentarnos es la base y el secreto de nuestro vivir. Pero es preciso que seamos conscientes que no cualquier alimento sirve en esto de dar, mantener y hacer crecer la vida. Hoy más que nunca sabemos, sobre todo en nuestro mundo de occidente, que hay alimentos “envenenados”, y tenemos organismos encargados de velar para garantizar que no lleguen a nosotros. No se trata, por tanto, sólo de alimentarse, sino de hacerlo con la suficiente calidad. “Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron”, afirma Jesús. “Yo soy el pan de vida, el que me come tendrá vida eterna.” Esta es, por tanto, la primera diferencia. si se trata de alimentarnos, es mejor elegir aquel pan que “da la vida eterna”. No está de sobra esta consideración, ante tanta comida “contaminada y basura” como se nos ofrece constantemente en nuestro caminar. Y si elegir el pan que comemos se convierte en algo tan clave para nuestra subsistencia, ¿qué decir del hecho mismo de comer? Porque no está todo en el tener a disposición el pan de la vida. De hecho se puede “morir de fama”, y se puede morir (y lo hacemos) teniendo nuestra mesa llena del mejor manjar. Llama la atención en el texto del evangelio de hoy las veces que el evangelista habla de “comer”. Porque, en efecto, es esto lo que hay que hacer. No basta saber que Jesús es el pan de la vida, que es el alimento de la salvación. Es preciso comer de él, convertirlo en alimento diario. Ahí está, a nuestra disposición, la palabra de Jesús, de la que decimos “tu palabra me da vida”. Ahí tenemos diariamente en el altar su cuerpo y su sangre, “pan de vida y bebida de salvación”. Un Jesús que se entrega voluntariamente (“es mi cuerpo, que se entrega por vosotros”) requiere la libre voluntad de quien se acerca a recibirlo, con fe, con consciencia, con libertad, con deseo… Aquél que está con nosotros “todos los días hasta el fin del mundo”, en concreto en este sacramento de su Cuerpo y de su Sangra, y también en su Palabra, sólo espera ser escuchado con corazón abierto, y ser recibido con auténtica hambre de vida. ¡Bendito Jesús, enséñanos a hacerlo como tú esperas de nosotros!

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