Vieron su gloria

Más allá del profundo significado teológico del evangelio de la Transfiguración del Señor, tan bien captado en este mosaico de la Iglesia del Tabor, y que la liturgia nos propone este domingo, se esconde, sin duda una experiencia mil veces repetida en la vida de los cristianos. Seguro que, como tales, también en la de cada uno de nosotros.  Es el contraste, y hasta la oposición, entre Monte Tabor y camino llano; luz y gloria, y falta de brillo, y rutina. Seguir a Jesús no puede ser distinto para nosotros de lo que fue, como experiencia humana, para sus primeros seguidores. Caminando siempre en la irrenunciable decisión de seguir al maestro, y preguntándose al mismo tiempo; “pero ¿quién este…?”, viviendo días de horizonte despejado y otros cargados de nubarrones, encontrándose con el Jesús humano en todo, y sorprendentemente viendo en él tantos signos que lo diferenciaban de los demás, días de “gloria” en los que Jesús es aclamado y días de prisas para escapar de situaciones embarazosas… Hoy tres de sus mejores amigos -y es curioso que no sean todos- son invitados por el propio Jesús a subir al monte para orar. Por lo general el evangelio nos cuenta que Jesús oraba en solitario cuando quería ponerse a disposición del Padre. Hoy son tres los invitados. Y son testigos de algo excepcional. Mientras ora, el rostro de Jesús se transforma. Y no sólo el rostro, sino toda su persona. Estar en la presencia de Dios, entrar en su atmósfera es esto lo que trae. En la oración que Jesús hace se produce una revelación profunda de su ser y su misión. Moisés y Elías quedan empequeñecidos. Jesús, en el centro, es el importante. “Este es mi hijo amado.” ¿No es esta también, quitando el escenario del Tabor, nuestra experiencia cuando al orar somos en ocasiones ungidos hasta el punto de experimentar a nuestro lado la presencia del Señor? Pedro y los otros dos amigos de Jesús están “en el cielo”, lo mismo que nosotros en esas circunstancias: “¡Qué bien se está aquí!” Aquí quisiéramos estar siempre. Todos quisiéramos construir una chabola para encerrarnos dentro y que no se nos escape ese momento mágico. Pero la vida, esta que vivimos ahora, no está hecha así, no nos engañemos. Del escenario desparecen en un instante, como por encanto, la nube, y Moisés y Elías, y la voz, y el alboroto alegre de los discípulos. El Jesús de este momento siguiente es un Jesús solo, sin escenarios, sin gloria, el de todos los días, el de andar por casa. Y es que el evangelio es también un espejo en el que mirar lo que sucede en la vida de seguimiento de Jesús. Y hemos de saber estar y gozar del Tabor, así como caminar, sea como sea, pero caminar tras de él cuando el brillo y la gloria se  quedan a un lado, incluso cuando nos pesa la pobreza y la infidelidad. Aunque no nos lo parezca, ese Jesús de todos los días es el mismo Jesús del Tabor. Pero no perdamos la pista de este detalle del evangelio de hoy: que a la experiencia del Tabor se accede mediante la oración, y sólo en esos momentos tan especiales como misteriosos en los que Jesús tiene a bien revelarnos su gloria, la gloria de Dios.

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