¡Déjala un año más!

Jesús, el que se sienta a la derecha del Padre e intercede por nosotros. El evangelio de hoy nos muestra hasta qué punto es una realidad eso que decimos en la Eucaristía cuando nos disponemos a pedir perdón. La higuera que no da fruto bien puede representar a cada uno de nosotros en particular, a nuestra comunidad, y hasta a la propia Iglesia de Jesús. Todos estamos necesitados de conversión. Sin ella nuestra vida perece. Es la palabra de Jesús en este domingo tercero de cuaresma. Es la verdad que podemos comprobar día a día si miramos con sinceridad nuestra vida. Somos llamados a dar frutos de conversión, o, dicho de otro modo, a una conversión que se traduzca en frutos, porque la verdad de un árbol se conoce por sus frutos. Jesús es firme en esto. Y no podemos asustarnos ni desanimarnos, porque el evangelio de hoy contiene una buena noticia que nos impulsará, sin duda, a aceptar la invitación del Señor. Y es que si leemos bien la parábola descubriremos que el fruto de la higuera no depende sólo de ella, ni depende sobre todo de ella. En la parábola queda claro que es, por encima de todo, la consecuencia del trabajo del cuidador. Es él quien intercede para que no sea cortada, es él quien compromete su trabajo y su dedicación “un año más” para que en la próxima visita del amo esta higuera tenga fruto. ¿Ya está todo hecho? Por supuesto que no. La primera lectura nos da la clave. Es preciso que entremos descalzos en la tierra del Señor. Y es preciso que le dejemos entrar a él en contacto con nuestra “tierra”, de ahí que tengamos que descalzarnos, de ahí que tengamos que “abrir la puerta” a la que el Señor llama. ¿Cómo trabajará si no este corazón en el que está plantada la higuera? No hay otro camino que no sea dejarle entrar todos los días, darle el tiempo que necesita para que trabaje en torno a nuestro árbol seco. No hay otro camino de conversión que no sea la oración, los sacramentos, la escucha de su palabra, y, claro está, el tiempo entregado a él para que esto sea real. “Señor, cuida de mi viña, y de la higuera plantada por ti en el centro de la misma, ten paciencia conmigo, y dame la fuerza de tu Espíritu para que acepte gozoso tu llamada a la conversión”.

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