3.- La paz de Cristo reine en vuestros corazones (Col 3,15)

1. La paz, fruto del Espíritu

Después de haber reflexionado sobre la paz como don de Dios en Cristo Jesús a toda la humanidad y de la paz como tarea en la que trabajar, nos queda hablar de la paz como fruto del Espíritu. San Pablo pone la paz en el tercer lugar entre los frutos del Espíritu: “El fruto del Espíritu, dice, amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y temperancia” (Ga 5, 22).

Qué son “los frutos del Espíritu”, lo descubrimos precisamente analizando el contexto en el que tal idea aparece. El contexto es el de la lucha entre la carne y el espíritu, es decir entre el principio que regula la vida del hombre viejo, lleno de concupiscencia y deseos mundanos, y el que regula la vida del hombre nuevo, conducido por el Espíritu de Cristo. En la expresión “frutos del Espíritu”, “Espíritu” no indica el Espíritu Santo en sí mismo, como el principio de la nueva existencia, o incluso “el hombre que se deja guiar por el Espíritu”.

A diferencia de los carismas, que son obra exclusiva del Espíritu, que los da a quien quiere y cuando quiere, los frutos son el resultado de una colaboración entre la gracia y la libertad. Son, por tanto, lo que entendemos hoy por virtud, si damos a esta palabra el sentido bíblico de un actuar habitual “según Cristo”, o “según el Espíritu”, más que el sentido filosófico aristotélico de un actuar habitual “según la recta razón”. Aún, a diferencia de los dones del Espíritu que son distintos en cada personas, los frutos del Espíritu son idénticos para todos. No todos en la Iglesia pueden ser apóstoles, profetas, evangelistas; pero todos indistintamente, del primero al último, pueden y deben ser caritativos, pacientes, humildes, pacíficos.

La paz fruto del Espíritu es por tanto distinta de la paz don de Dios y de la paz como tarea en la que trabajar. Indica la condición habitual (habitus), el estado de ánimo y el estilo de vida de quien, mediante el esfuerzo y la vigilancia, ha alcanzado una cierta pacificación interior. La paz fruto del espíritu es la paz del corazón. Y es de esta cosa tan bonita y tan deseada que hoy hablaremos. Esta es distinta de ser trabajadores de paz, pero sirve maravillosamente también a este fin. El título del mensaje del papa Juan Pablo II para la Jornada mundial de la paz de 1984 decía: “La paz nace de un corazón nuevo” y Francisco de Asís, mandando a sus hermanos por el mundo, les aconsejaba: “La paz que anunciáis con la boca, tenedla sobre todo en vuestros corazones”.

2. La paz interior en la tradición espiritual de la Iglesia

El alcance de la paz interior o del corazón ha ocupado a lo largo de los siglos a todos los grandes buscadores de Dios. En Oriente, comenzando por los Padres del desierto, esto se ha concretizado en el ideal de la hesychia, del hesicasmo, o de la tranquilidad. Este ha osado proponerse y proponer a los otros una mirada altísima, si no incluso sobrehumana: restar a la mente todo pensamiento, a la voluntad todo deseo, a la memoria todo recuerdo, para dejar a la mente el único pensamiento de Dios, a la voluntad el único deseo de Dios y a la memoria el único recuerdo de Dios y de Cristo (la mneme Theou). Una lucha titánica contra los pensamientos (logismoi), no sólo los malos, sino también los buenos. Ejemplo extremo de esta paz obtenida con una guerra feroz, ha quedado en la tradición monástica el monje Arsenio, el cual, a la pregunta “¿qué debo hacer para salvarme?”, se sintió responder por Dios: “Arsenio, huye, estate en silencio y permanece en la tranquilidad” (a la carta, práctica l’hesychia).

Más tarde esta corriente espiritual dará lugar a la práctica de la oración del corazón, u oración ininterrumpida, aún ampliamente practicada en la cristiandad oriental y de la que “Relatos de un peregrino ruso” son la expresión más fascinante. Al inicio sin embargo no se identificaba con ella. Era una forma de alcanzar la perfecta tranquilidad del corazón; no una tranquilidad vacía y un fin en sí misma, sino una tranquilidad plena, parecida a la de los beatos, un comenzar a vivir en la tierra la condición de los santos en el cielo.

La tradición occidental ha perseguido el mismo ideal pero por otros camino, accesibles tanto para los que practican la vida contemplativa como para los que practican una vida activa. La reflexión comienza con Agustín. Él dedica un libro entero del De civitate Dei a reflexionar sobre las distintas formas de la paz, dando a cada una una definición que ha hecho escuela hasta nosotros, entre las cuales la de la paz como “tranquilillitas ordinis”, la tranquilidad del orden. Pero es sobre todo con lo que dice en las Confesiones que ha influido en el delinear el ideal de la paz del corazón. Él dirige a Dios, al inicio del libro, casi de pasada, una palabra destinada a tener una resonancia inmensa en todo el pensamiento sucesivo: “Tú nos has hecho para ti y nuestros corazón está inquieto hasta que no reposa en ti” . Más adelante ilustra esta afirmación con el ejemplo de la gravedad.

“Nuestra paz está en su buena voluntad. El cuerpo, por su peso, tiende a su lugar. El peso no sólo impulsa hacia abajo, sino al lugar de cada cosa. El fuego tira hacia arriba, la piedra hacia abajo. Cada uno es movido por su peso y tiende a su lugar… Mi peso es mi amor; él me lleva doquiera soy llevado” .

Hasta que estamos en esta tierra el lugar de nuestro descanso es la voluntad de Dios, el abandono a sus deseos. “No se encuentra descanso si no se consiente a la voluntad de Dios sin resistencia” . Dante Alighieri resumirá este pensamiento agustiniano en su célebre verso: “En su voluntad está nuestra paz” .

Sólo en el cielo este lugar de reposo será Dios mismo. Agustín termina, por eso, su tratamiento del tema de la paz con un apasionado elogio de la paz de la Jerusalén del cielo que vale la pena escuchar para inflamarnos también nosotros del deseo de ésta:

“Está después la paz final […] En esa paz no es necesario que la razón domine los impulsos porque no estarán, pero Dios dominará al hombre, el alma espiritual el cuerpo y será tan grande la serenidad y la disponibilidad a la sumisión, como grande es la delicia del vivir y dominar. Y entonces en todos y cada uno está condición será eterna y se tendrá la certeza de que es eterna y por eso la paz de tal felicidad, o sea la felicidad de tal paz será el bien supremo”.

La esperanza de esta paz eterna ha marcado toda la liturgia de los difuntos. Expresiones como “Pax”, “In pace Christi”, “Requiescat in pace” son las más frecuentes en las tumbas de los cristianos y en las oraciones de la Iglesia. La Jerusalén celeste, con alusión a la etimología del nombre, es definitiva “beata pacis visio” , beata visión de paz.

3. El camino de la paz

La concepción de Agustín de la paz interior como la adhesión a la voluntad de Dios encuentra una confirmación y una profundización en los místicos. El maestro Eckhart escribe: “Nuestro Señor dice: ‘Sólo tendréis paz en mí’ (cfr. Jn 16, 33). Cuanto más se penetra en Dios, más nos adentramos en la paz. El que tiene su yo en Dios tiene la paz, el que tiene su yo fuera de Dios no tiene la paz” . No se trata, por lo tanto, sólo de cumplir con la voluntad de Dios, sino de no tener otra voluntad que la Dios, morir completamente a la propia voluntad. La misma cosa se lee, en forma de experiencia vivida, en Santa Ángela de Foligno: “Más adelante, la bondad de Dios me concedió la gracia de hacer de dos cosas una sola, tanto que no puedo querer otra cosa, sino lo que Él quiere. […] Ya no me hallo más ahora como solía hallarme, sino que fui conducida a una gran paz en la cual vivo con Él y estoy contenta de cualquier cosa” .

Un desarrollo diferente, más ascético que místico, lo encontramos en san Ignacio de Loyola con su doctrina de la “santa indiferencia”. Consiste en ponerse en un estado de disposición total a aceptar la voluntad de Dios, renunciando, desde el principio, a cualquier preferencia personal, al igual que una balanza dispuesta a inclinarse del lado donde el peso será mayor. La experiencia de paz interior se convierte así en el principal criterio en todo discernimiento. Hay que considerar que es conforme a la voluntad de Dios, la elección, que después de una prolongada ponderación y oración, viene acompañada por una mayor paz del corazón.

Ninguna corriente espiritual saludable, sin embargo, ya sea en Oriente o en Occidente, ha pensado nunca que la paz del corazón sea una paz barata y sin esfuerzo. Trató de argumentar lo contrario, en la Edad Media, la secta “del libre Espíritu” y en el siglo XVII, el movimiento quietista, pero ambos fueron condenados por la jerarquía y la conciencia de la Iglesia. Para mantener y aumentar la paz del corazón hay que domar, momento a momento, sobre todo al principio, una revuelta: la de la carne contra el espíritu.

Jesús lo había dicho de mil maneras: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo”, “quien quiera salvar su vida, la perderá; quien pierda su vida, la salvará” (cfr. Mc 8, 34 ss.). Hay una falsa paz que Jesús dice que vino a quitar, no a traer a la tierra (cfr. Mt 10, 34). Pablo traducirá todo esto en una especie de ley fundamental de la vida cristiana:

“Los que viven según la carne, desean lo carnal; mas los que viven según el espíritu, lo espiritual. Pues las tendencias de la carne son muerte; mas las del espíritu, vida y paz, ya que las tendencias de la carne llevan al odio de Dios: no se someten a la ley de Dios, ni siquiera pueden; así, los que viven según la carne, no pueden agradar a Dios… Si vivís según la carne, moriréis. Pero si con el Espíritu hacéis morir las obras del cuerpo, viviréis” (Rm 8, 5-13).

La última frase contiene una enseñanza importantísima. El Espíritu Santo no es la recompensa a nuestros esfuerzos de mortificación, sino el que los hace posibles y fructíferos; el no está sólo al final, sino también al comienzo del proceso: “Si, por el Espíritu, hacéis morir las obras de la carne, viviréis”. En este sentido se dice que la paz es fruto del Espíritu; es el resultado de nuestro esfuerzo, hecho posible por el Espíritu de Cristo. Una mortificación voluntarista y demasiado confiada de sí misma puede llegar a ser (y a menudo a llegado a ser) también ella una obra de la carne.

Entre los que han ilustrado a lo largo de los siglos, este camino a la paz del corazón, destaca por la practicidad y el realismo, el autor de la Imitación de Cristo. Él se imagina una especie de diálogo entre el Divino Maestro y el discípulo, como entre un padre y su hijo:

Maestro: “Hijo, ahora te enseñaré el camino de la paz y de la verdadera libertad”.
Discípulo: “Haz, Señor, lo que dices porque escucharlo es muy agradable para mí”.
Maestro: “Procura, hijo, hacer antes la voluntad ajena que la propia. Elige siempre tener menos y no más. Busca siempre el último lugar, y estar sometido a otros. Escoge y siempre reza para que la voluntad de Dios se cumpla íntegramente en ti. Así se ingresa en los términos de la paz y la quietud”.

Otro medio sugerido al discípulo es el de evitar la vana curiosidad:

“Hijo, no seas curioso: no te asumas inútiles esfuerzos. ¿Qué te importa esto o aquello? «Tú sígueme». (Jn 21, 22). ¿Qué te importa que aquella persona sea de tal hechura, o diversa, o aquella otra actúe o diga esto o aquello? Tú no deberás responder por los otros; al contrario rendirás cuentas sobre ti mismo. ¿De qué cosa por lo tanto te estás interesando? Sabes que yo conozco a todos, veo todo lo que sucede bajo el sol y sé la condición de cada uno: qué piensa cada uno, qué cosa quiere, qué tiene en vista su intención. Todo tiene que ser por lo tanto, puesto en mis manos. Y tú mantente en paz firme, dejando que los otros se agiten cuanto crean, y pongan agitación en torno de ellos: lo que él haya hecho y lo que haya dicho recaerá sobre él, porque, por lo que a mi se refiere, no me puede engañar” .

4. “Paz porque en ti tiene confianza”

Sin pretender sustituir estos medios ascéticos tradicionales, la espiritualidad moderna pone su acento en otros medios más positivos para conservar la paz interior. El primero es la confianza y el abandono en Dios. “Tú le asegurarás la paz, paz porque en ti tiene confianza”, se lee en Isaías (23, 3). Jesús en el Evangelio motiva su invitación a no temer y a no estar en ansia por el mañana, con el hecho de que el Padre celeste conoce lo que necesitamos, él que nutre a los pájaros del cielo y viste a los lirios del campo (cfr. Mt 6, 5 ss).
Esta es la paz de la cual se volvió maestra y modelo Teresa del Niño Jesús. Un ejemplo heroico de esta paz que viene de la confianza en Dios ha sido también el mártir del nazismo Dietrich Bonhöffer. Mientras estaba en la cárcel y esperaba la ejecución capital, él escribió algunos versos que se convirtieron en un himno litúrgico en muchos países anglosajones:

De las fuerzas amigas maravillosamente envueltos
esperamos con calma el futuro.
Dios está con nosotros por la tarde y la mañana,
estará con nosotros cada nuevo día .

Un escritor franciscano, Eloi Leclerc, en su libro La sabiduría de un pobre, cuenta como Francisco de Asís encontró la paz en un momento de profunda turbación. Estaba triste por la resistencia de algunos a su ideal y sentía el peso de la responsabilidad de la numerosa familia que Dios le había confiado. Partió de La Verna y viajó a San Damián para encontrar a Clara. Clara lo escuchó y para animarlo le dio un ejemplo.

“Supongamos que una de nuestras hermanas viniera a mi para disculparse de haber roto un objeto. Bueno, sin lugar a dudas le haría una observación y le daría como se acostumbra una penitencia. Pero si ella viniera a mi para decirme que ha incendiado el convento y que todo se ha quemado o casi, creo que en tal caso no tendría nada que decir. Me sentiría sorprendida por un hecho que es más grande que yo. La destrucción del convento es un hecho demasiado grande para que yo pueda estar profundamente turbada. Lo que Dios mismo ha construido no puede fundarse sobre la voluntad o el capricho de una criatura humana. El edificio de Dios se funda en bases mucho más sólidas”.

Francisco entendió la lección y respondió:

“El porvenir de esta gran familia religiosa que Dios me ha confiado es algo demasiado grande para que dependa de mí solo y me preocupe hasta el punto de estar turbado. Es también, sobre todo, asunto de Dios. Lo has dicho muy bien, pero ruega para que esta palabra germine en mi como una semilla de paz” .

El Poverello regresó entre los suyos sereno, repitiéndose a sí mismo por el camino: “¡Dios existe, y esto basta! ¡Dios existe y esto basta!”. No es un episodio documentado históricamente, pero interpreta bien, en el estilo de los “Fioretti”, un momento en la vida de Francisco y contiene una lección importante.

Nos acercamos a la Navidad y me gustaría resaltar lo que creo que es el medio más eficaz de todos para preservar la paz del corazón y esto es la certeza de ser amados por Dios. “Paz en la tierra a los hombres que Dios ama”, literalmente: “Paz en la tierra a los hombres de (divino) beneplácito (eudokia)” (Lc 2, 14). La Vulgata traducía este término con “buena voluntad” (bonae voluntatis), entendiendo con esto la buena voluntad de los hombres, o los hombres de buena voluntad. Pero se trata de una malinterpretación, hoy reconocida por todos como tal, aunque por respeto a la tradición, en el Gloria de la Misa en latín se sigue diciendo todavía “y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad”. Los descubrimientos de Qumrán han aportado la prueba definitiva. “Hombres, o hijos, de la benevolencia” son llamados, en Qumrán, los hijos de la luz, los elegidos de la secta . Se trata, por tanto, de los hombres que son objeto de la benevolencia divina.

En los Esenios de Qumrán “el divino beneplácito” discrimina; son sólo los seguidores de la secta. En el Evangelio, “los hombres de la divina benevolencia” son todos los hombres sin excepción. Es como cuando uno dice “los hombres nacidos de mujer”; no quiere decir que algunos nacen de mujer y los otros no, sino sólo caracterizar a todos los hombres según su forma de venir al mundo. Si la paz se otorgara a los hombres por su “buena voluntad”, entonces sí que estaría limitada a unos pocos, a los que la merecen; pero dado que se concede por la buena voluntad de Dios, por la gracia, se ofrece a todos.

“Assueta vilescunt”, decían los latinos; las cosas repetidas a menudo se degradan, pierden mordiente, y esto sucede, por desgracia, también con las palabras de Dios. Tenemos que asegurarnos de que eso no ocurra, también en esta Navidad. Las palabras de Dios son como cables eléctricos. Si pasa la corriente, al tocarlos dan calambre; si no pasa la corriente, o si se usan guantes aislantes, se pueden tocar sin problemas, no dan ningún calambre. La potencia y la luz del Espíritu está siempre en acción, pero depende de nosotros recogerla, a través de la fe, el deseo y la oración. ¡Que fuerza y novedad contenían estas palabras: “Paz en la tierra a los hombres amados por el Señor”, desde que fueron proclamadas por la primera vez! Tenemos que recuperar un oído virgen, el oído de los pastores que las escucharon por primera vez y, “sin demora”, se pusieron en viaje.

San Pablo nos muestra un manera de superar todas nuestras ansiedades y encontrar cada vez la paz del corazón, a través de la certeza de que somos amados por Dios. Escribe:

“Si Dios está por nosotros ¿quién contra nosotros? El que no perdonó ni a su proprio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él graciosamente todas las cosas? […] ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada? […] Pero en todo esto salimos más que vencedores gracias a aquel que nos amó” (Rm 8, 31-37).

La persecución, los peligros, la espada no son una lista abstracta o imaginaria; son los momentos de angustia que ha experimentado, de hecho, en su vida; los describe ampliamente en la Segunda Carta a los Corintios (cfr. 2 Co 11, 23 ss). El Apóstol pasa ahora revisión en su mente y constata que ninguno de ellos es lo suficientemente fuerte para resistir la comparación con el pensamiento del amor de Dios. Implícitamente, el Apóstol nos invita a hacer lo mismo: a mirar nuestra vida, tal y como se presenta, a sacar a la luz los miedos y las razones de tristeza que se esconden allí, y que no nos permiten aceptarnos con serenidad a nosotros mismos: ese complejo, ese defecto físico o moral, ese fracaso, ese recuerdo doloroso; exponer todo eso a la luz del pensamiento de que Dios nos ama y concluir con el Apóstol: “En todas estas cosas, puedo ser más que vencedor, en virtud de aquel que me ha amado”.

De su vida personal, el Apóstol pasa, poco después, a ver el mundo a su alrededor. Escribe:

“Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados; ni lo presente ni lo futuro, ni las potestades, ni la altura ni la profundidad, ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor Nuestro” (Rm 8, 37-39).

Él observa “su” mundo, con las potencias que lo hacían entonces amenazante: la muerte con su misterio, la vida presente con sus seducciones, los poderes astrales o aquellos infernales que daban tanto terror al hombre antiguo. Estamos invitados, incluso en este caso, a hacer lo mismo: mirar, a la luz del amor de Dios, el mundo que nos rodea y que nos da miedo. Lo que Pablo llama la “altura” y la “profundidad” son para nosotros ahora lo infinitamente grande en la altura y lo infinitamente pequeño en la profundidad, el universo y el átomo. Todo está listo para aplastarnos; el hombre es débil y sólo en un universo mucho más grande que él y convertido, además, en aún más amenazador, como resultado de sus descubrimientos científicos, y ademas las guerras, las enfermedades incurables, hoy el terrorismo… Pero nada de esto nos puede separar del amor de Dios. ¡Dios ha creado el universo y lo mantiene firmemente en la mano! ¡Dios existe y esto basta!

Santa Teresa de Ávila, nos ha dejado una especie de testamento, que es útil repetirnos cada vez que tenemos que recobrar la paz del corazón: “Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda; la paciencia todo lo alcanza; quien a Dios tiene nada le falta. Sólo Dios basta”.

Que el nacimiento del Señor, Santo Padre, Venerables padres, hermanos y hermanas, sea realmente para nosotros, como decía san León Magno, ¡“el nacimiento de la paz”! De las tres dimensiones de la paz: aquella entre el cielo y la tierra, aquella entre todos los pueblos y aquella en nuestros corazones.
_________________

Leyenda de los tres compañeros, 58 (Fuentes Franciscanas, n.1469)
Apophtegmata Patrum, Arsenio 1-3 (J.C. GUY, ed., I padri del deserto. Così dissero, così vissero, Milán 1997)
S. Agustín, Confesiones, I, 1.
Ib. XIII, 9.
S. Agustín, Adnotationes in Iob, 39.
Dante Alighieri, Paraíso, 3, v.85
S. Agustín, De civitate Dei, XIX, 27.
Himno del Oficio de la Dedicación de la Iglesia.
Maestro Eckhart, Sermones, 7 (Ed. J. Quint, Deutsche Werke, I,. Stuttgart 1936, p. 456).
El libro de la Beata Ángela, VII (ed. Quaracchi, 1985, p. 296).
Cfr. G. Bottereau, Indifference, en “Dictionnaire de Spiritualité , vol 7, coll. 1688 ss
Imitación de Cristo, III, 23-24.
Von guten Mächten wunderbar geborgen /erwarten wir getrost, was kommen mag.
Gott ist mit uns am Abend und am Morgen / und ganz gewiss an jedem neuen Tag.
E. Leclerc, La sagesse d’un pauvre, Paris, Desclée de Brouwer, 22e éd. 2007
Cfr. Inni, I QH, IV, 32 s, (XI, 9).
S. León Magno, Sermo de Nativitate Domini, XXXVI, 5 (PL 54, 215).

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