Jean Christophe Sakiti

Jean Christophe SAKITI,
responsable du RCC-TogoSAKITI

Hace 50 años, unos estudiantes americanos fueron impactados de una manera especial por el Espíritu Santo, y tuvieron una experiencia real de Pentecostés que se extendió rápidamente por toda la Iglesia: conversión, vida nueva, ejercicio de los carismas. Así nació la Renovación Carismática Católica. Esta novedad querida por el Señor es el fruto del Concilio Vaticano II convocado por el Papa Juan XXIII quien dijo: «Quiero un aire nuevo para la Iglesia». En junio de 2017 todos aquellos que han tenido la experiencia de la Renovación quieren celebrar, junto al Santo Padre, los cincuenta años de esta corriente de gracia. Esta celebración tiene un sentido particular para mí personalmente. La invitación del Santo Padre a una celebración de todos juntos en torno a él, es una llamada que él nos hace para comprender el sentido, porque este jubileo es indudablemente un trampolín para entrar en los nuevos caminos del Espíritu.

La importancia del jubileo para mí
El Señor quería para su pueblo que después de cada cincuenta años cada uno entrará en posesión de su patrimonio. Él quería que cada uno entrara en posesión de todos los bienes que las adversidades de la vida les habían arrebatado.

“Declararéis santo el año cincuenta y proclamaréis en la tierra liberación para todos sus habitantes. Será para vosotros un jubileo; cada uno recuperará su propiedad y cada cual regresará a su familia.” Levítico 25, 10

Este jubileo para mí es un tiempo de renacimiento. Mi patrimonio, es mi comunión plena con Dios mi Padre en Jesucristo. Mi comunidad, es mi familia, la Iglesia que me ha hecho nacer a la vida divina. El Jubileo es para mí una vuelta total a Dios, una vuelta a la comunión total con Dios. Es para mí el momento de parar y echar la vista atrás al camino recorrido para descubrir las maravillas del Señor en mi vida a través de esta corriente de gracia que es la Renovación. También es el momento de descubrir mis infidelidades con el Señor, las situaciones en las que yo no he colaborado lo suficiente en la obra de su gracia. El Jubileo comienza por un examen de conciencia, un balance de mi camino con el Señor.
Después será importante para mí escuchar al Señor hablarme. Yo sé que Él me quiere conducir por caminos nuevos. Me hace crecer en una vida de intimidad con Jesús para que, viviendo en Él cada día, yo irradie su vida a mi alrededor. Es el momento de escuchar, porque él me habla y me revela caminos por los que él me quiere conducir a partir de ahora para que con Él y en Él, yo entre en la verdadera alegría de los hijos de Dios, y que colabore con su obra para la salvación de mis hermanos y hermanas.
El Señor quería que el Jubileo fuera para su pueblo el momento en el que cada uno recuperara los bienes necesarios para su desarrollo humano, económico y social, cf. Levítico 25. Para mí es también el momento de examinar la relación que me une a los otros. Él me hace salir de la indiferencia para descubrir al otro y sus necesidades, para darle los bienes que el Señor ha depositado en mí para él. Este Jubileo es para mí una llamada a tomar la mano de los otros sobre todo de aquellos más débiles, para que trabajemos juntos para el crecimiento de cada uno. La invitación lanzada por el Papa a celebrar juntos este evento es un signo de un mensaje que él quiere comunicarnos.

Las expectativas del Santo Padre al invitarnos a celebrar junto el Jubileo
El Papa Francisco desde el inicio de su Pontificado ha insistido en dos cosas importantes para la vida cristiana: la unidad y la misericordia. Al invitarnos a celebrar junto a él este acontecimiento, yo creo que el Santo Padre nos quiere conducir a integrar estas dos realidades en la vida de los grupos de oración y las comunidades de la Renovación.

La unidad
Durante su encuentro con la Renovación en Italia, el Papa invitó a las personas comprometidas en la corriente de la Renovación en el Espíritu a vivir la unidad. El Espíritu Santo descendió sobre los discípulos unidos en oración junto a María. La Renovación Carismática Católica es la acción del Espíritu Santo obrando en la Iglesia hoy. El Espíritu Santo no puede descender y actuar más que en los corazones que aman. No puede actuar más que en los grupos y comunidades en las cuales se aman. Es cuestión de que dejemos al Espíritu Santo soplar con mucha más fuerza para que el fuego que el Señor ha encendido arda más intensamente. Una comunión más grande entre los hermanos y hermanas es una gran apertura que ofrecemos al Espíritu Santo para que él entre para renovar los corazones, cambiar las vidas, cumplir las obras de liberación, de sanación y de restauración del hombre dañado por el pecado y las pruebas de la vida. Estoy convencido de que la unidad entre los miembros de un grupo o de una comunidad no se ha logrado en todas partes. ¿No es esta una oportunidad que el Santo Padre nos da para que la celebración del Jubileo juntos nos permita romper las barreras y tirarnos a los brazos unos de los otros parar escribir juntos una página nueva de la Renovación Carismática? ¿No querrá decirnos que la Renovación está llamada a convertirse en una renovación de la comunión fraternal en un mundo donde el tener y el egoísmo ganan cada vez más terreno en el corazón de los hombres? La preocupación por los pobres
El Papa no deja de recordar a los cristianos y al mundo la necesidad de volver su mirada al otro que sufre y que tiene necesidad de nuestra ayuda. Mientras estamos juntos en Roma para la celebración de este evento, ¿no sería bueno que pensáramos en la manera de cuidarnos unos a otros en nuestros grupos de oración y comunidades? ¿No nos llevan nuestras oraciones comunitarias a ofrecer nuestros bienes para aliviar el sufrimiento del otro? Quizá pudiéramos meditar con el Santo Padre el texto del Apóstol Santiago:

Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: «Id en paz, calentaos y hartaos», pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Santiago 2, 15-16

La Renovación es una gracia de evangelización. Evangelizar es llevar la Buena Noticia a otros. Los otros son los enfermos, los necesitados, los sin techo, los prisioneros. Pentecostés hizo a los primeros cristianos personas comprometidas para dar asistencia a los pobres. Los siete primeros diáconos fueron elegidos para esta misión. Cf. Hechos 6, 1-2. Es el momento para que nosotros también, junto al Santo Padre, nos comprometamos para ir al mundo a llevar el calor del amor verdadero del que los hombres tienen sed. Es para nosotros la ocasión de pedir juntos al Señor que nos de este fuego para la salvación de los otros que invade al Papa Francisco. Ya no se trata de anunciar a los otros una palabra hueca y vacía. Hay que anunciarles el Evangelio en concreto, Jesús que salva y los apóstoles proclamaron sanando a los enfermos, yendo en auxilio de los pobres, liberando a todos aquellos cautivos del mal.
Al celebrar este Jubileo con un corazón lleno de amor por los otros, con un corazón preocupado por la salvación de los otros, permitiremos al Espíritu Santo que nos llene más intensamente y que nos invite a ir más lejos en nuestra llamada siguiendo a Cristo.

Los desafíos que nos esperan
Al comienzo de la Renovación, los responsables, haciendo el esfuerzo de vivir auténticamente esta gracia, lucharon también por ser aceptados por la Iglesia. Hoy, la Renovación vive plenamente en el corazón de la Iglesia. Es en este lugar que hace falta, después de 50 años, preguntarle al Señor: “¿Qué quieres que haga?” Yo creo que ciertos signos de esta llamada del Señor son evidentes.
Reavivar la llama del Espíritu: Después de cincuenta años, tenemos la impresión de que una cierta tibieza se ha instalado en esta corriente de gracia. Hemos perdido el fuego que nos quemó al principio. El Jubileo nos interpela. La Renovación debe recuperar el fervor de los primeros tiempos. Dejemos resonar en nosotras esas palabras del Señor a la iglesia de Laodicea:

“Yo, a cuantos amo, reprendo y corrijo; ten, pues, celo y conviértete. Mira, estoy de pie a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo”. Apocalipsis 3, 19-20
Salir del formalismo: en ciertos lugares, en ciertos grupos de oración, existe la impresión de que se han adquirido hábitos. Se saben hacer las cosas. Se instalan en lo que se conoce y se mantienen esos conocimientos. Aunque es verdad que el Espíritu Santo inspiró esas maneras de actuar al principio, el mismo Espíritu nos llama a dejarnos conducir cada día en una escucha y una fidelidad porque Él tiene cosas nuevas que darnos.
Crecer en la docilidad al Espíritu Santo: Pentecostés es todos los días. La vida en el Espíritu es un abandono cotidiano en las manos del Espíritu para que Él nos lleve donde quiere. Seguramente sea el momento para nosotros de no ser rígidos sino de hacernos maleables, disponibles para el Espíritu en todo momento.
Seguir siendo fermento en el corazón de la Iglesia: la Renovación está llamada a seguir alumbrando y manteniendo en la Iglesia el fuego de Pentecostés, alentando la experiencia del Bautismo en el Espíritu Santo.
Ser un instrumento de salvación para el mundo: el Papa Pablo VI había profetizado al proclamar que la Renovación era una oportunidad para la Iglesia y el mundo. Nuestro mundo está mal. El hombre ha abandonado a Dios precipitándose a su perdición. Sólo las personas que viven una experiencia real de la vida en el Espíritu, pueden llevar al mundo a volver a encontrar la vida que hay en Jesucristo. La Renovación es por tanto la llamada a comprometerse de una manera más concreta en las estructuras económicas, políticas, sociales y culturales del mundo para transformarlo desde el interior.
¡De todos los rincones del mundo, vayamos a Roma, unamos nuestros corazones y nuestras voces para cantar las alabanzas del Señor! Juntos, con el Santo Padre, ¡dejémonos llenar por el Espíritu Santo! Juntos, dejemos que el Espíritu nos muestre los nuevos caminos por los que Él nos llama.

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