Rainero Cantalamessa

Padre Raniero Cantalamessa, predicator de la casa pontificia

Una ocasión para mirar hacia atrás al camino recorrido, para dar gracias a la Trinidad y reconocer humildemente todas las deficiencias con las que nuestro pecado ha oscurecido la obra del Espíritu: y para mí éste es el sentido del jubileo de la Renovación Carismática Católica que nos estamos preparando a celebrar en Roma. Alabanza, acción de gracias y arrepentimiento. Incluso nosotros “los ancianos” de la Renovación diremos con estupor “al pueblo que vendrá después de nosotros”: “He aquí la obra del Señor; una maravilla a nuestros ojos”. (cf. Sal 22, 32; 118,23).
A nadie se le escapa el significado del hecho de que el Papa Francisco se ha tomado tan en serio este evento para seguir personalmente la preparación y el desarrollo. Si tuviera que responder a la pregunta: ¿qué espera el papa del jubileo?, diría esto: que la Renovación Carismática no se contente con ser una realidad “en la” Iglesia, sino que busque ser cada vez más una realidad “de la” Iglesia, de toda la Iglesia. Contrariamente a lo que algunos temían en los primeros tiempos, la Renovación ha permanecido profundamente enraizada en la Iglesia Católica y obediente a su jerarquía. Esto ya nadie lo pone en duda. El peligro es que, por una parte y por la otra – sea por parte de la gran Iglesia o por parte de la Renovación Carismática – se contenten con esto, es decir con una especie de coexistencia pacífica y mutuo reconocimiento. Y me parece que es de esto de lo que el Papa Francisco está intentando sacar a la Iglesia y a la Renovación Carismática. Para secundarlo en este proyecto, es necesario que hablemos cada vez menos en términos de Renovación Carismática y cada vez más en términos de Iglesia. La Renovación en el Espíritu es una corriente de gracia destinada a toda la Iglesia porque en su esencia no es más que una manifestación poderosa del Espíritu del Resucitado para los creyentes de hoy; es la respuesta a la oración de San Juan XXIII por un “nuevo Pentecostés”. De aquí la exhortación dirigida a la Renovación a compartir con toda la Iglesia la gracia del bautismo en el Espíritu, e, implícitamente, a la Iglesia a no tener miedo de acoger este don del Espíritu.
No me siento capaz de decir cuáles son las perspectivas y los desafíos que esperan a la Renovación Carismática Católica en el futuro. Jesús dice que el Espíritu es como el viento: no se sabe de dónde viene ni a dónde va (Jn 3, 8). Así fue su “inesperada” manifestación hace 50 años y así será en su desarrollo posterior. Sólo sabemos una cosa con certeza de él: que viene de Cristo y lleva a Cristo. El verdadero desafío será nuestra capacidad de “dejarnos guiar por el Espíritu” y ser dóciles a su acción, a costa de morir a nosotros mismos. Poco después de hacer recibido el bautismo en el Espíritu, hace 40 años, un día agarré una hoja de papel y una pluma y escribí algunos pensamientos, de los cuales yo mismo me sorprendí en ese momento, porque había pensado tan poco sobre ellos anteriormente. Los transcribo como se encuentran impresos en mi libro “La sobria embriaguez del Espíritu”, porque pienso que todavía tienen algo para recordarme a mí y a todos en el momento de celebrar los 50 años de vida de la Renovación:

“El Padre quiere glorificar a su Hijo Jesucristo en la tierra de un modo nuevo, mediante un nuevo invento. El Espíritu Santo preside esta glorificación, ya que está escrito: ‘Él me glorificará y tomará de lo mío. Una vida cristiana enteramente consagrada a Dios, sin fundador, sin regla, sin congregación. Fundador: ¡Jesús! Regla: ¡el Evangelio interpretado por el Espíritu Santo! Congregación: ¡la Iglesia! No preocuparse por el mañana, no querer hacer cosas que perduren, no pretender levantar organismos reconocidos que se perpetúen con sucesores… Jesús es un Fundador que no muere nunca, por eso no necesita sucesores. Hay que dejarle hacer siempre cosas nuevas, también mañana. ¡El Espíritu Santo estará en la Iglesia mañana también!”