Jueves Santo en la Cena del Señor

Comenzamos la celebración del tributo Pascual. Jueves Santo, día de la Eucaristía, y del Amor Fraterno, y del Sacerdocio ministerial. Que el Señor renueve nuestro amor por él y por el regalo de su Eucaristía. Que nos dé amor para nuestros hermanos. Que renueve espiritualmente a nuestros sacerdotes a su imagen. Feliz Jueves Santo.

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Yo soy la resurrección y la vida

Agua para la sed, luz que rompe la oscuridad y alumbra nuestro camino, y ahora resurrección y vida. Las catequesis bautismales de Juan han ido “in crescendo”, y llegan hoy a su punto culminante. ¿Quién ha podido decir jamás a otro hombre “Yo soy la resurrección y la vida”? Pues esta es la gran proclamación que se contiene en la liturgia de este domingo quinto de cuaresma. Resurrección porque hay muerte, y muerte en todos los sentidos que queramos plantear. Resurrección porque la muerte es la experiencia segura de cada hombre y mujer que viene a este mundo. Muerte física, única en la experiencia de cada uno. Y muerte espiritual, afectiva, anímica mil veces repetida en el devenir de nuestros días. Enfermedad y dolencia, debilidad y pecado, infidelidad e impotencia… ¿quién de nosotros no la experimenta? Es preciso renacer, es preciso que alguien nos devuelva a la ilusión, a la esperanza, al calor, al optimismo, a las ganas de vivir, en una palabra, a la vida. Jesús se ofrece a cada hombre y mujer para ser siempre experiencia de resurrección. Porque nos resucita cuando nos saca de nuestras oscuridades, de nuestros aburrimientos, de nuestros abatimientos, de nuestra falta de alegría de vivir. No tenemos por qué permanecer en la muerte. Basta que extendamos la mano y abramos el corazón. ¿Crees tú esto? Jesús es resurrección y es vida. De hecho, los episodios más hermosos de nuestra existencia están íntimamente ligados a momentos en los que su mano nos ha asido, momentos en los que él ha pasado pronunciando nuestro nombre y arrancándonos de nuestro mutismo. Seguir a Jesús, ser su discípulo, es optar por vivir, por dar un sentido pleno a nuestros días. No estamos condenados a languidecer y a vivir nuestros días arrastrando el pesado fardo que en tantas ocasiones cae sobre nuestros hombros. Jesús es resurrección y vida. Quien experimenta la muerte puede volver a vivir, y eso todas las veces que sea necesario. Eso, sólo mirando a Jesús, agarrándose a él, creyendo en él. “Marta, ¿crees tú esto?”

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Mientras estoy en el mundo, yo soy la luz del mundo

Segundo gran relato del evangelista san Juan. Se trata del ciego de nacimiento. Al símbolo del agua viva del domingo pasado, se añade hoy éste de la luz. Y así como en aquél se contraponía el agua que Jesús iba a dar a la samaritana a aquella que la mujer sacaba del pozo, tan poco útil para calmar la auténtica sed del corazón humano, así hoy la vista que el ciego recibe por vez primera se contrapone la oscuridad en la que ha vivido la totalidad de su vida anterior al encuentro con el Señor. En el fondo, esta gran catequesis está diciendo: “tú eres ese ciego, y esto es lo que Jesús va a hacer contigo”. En efecto, Jesús fue entendido y experimentado por la primera comunidad cristiana como la luz que rompe las tinieblas de la mente y del corazón, la que tiene el poder de deshacer esa oscuridad que obliga caminar a tientas, sin ver, sin saber, sin entender. No nos es difícil, para nada, identificarnos con este hombre ciego. A poco que echemos cuentas, nos resulta sencillo reconocer que vivimos con la mente y el corazón embotados, que damos con frecuencia tumbos en el camino, que formamos parte de una sociedad un tanto desquiciada porque ha perdido el norte y no encuentra quien la encamine hacia él. A pesar de ello, presumimos de lo contrario. Presumimos de ver, de ser inteligentes, de entender, de controlar, de estar perfectamente situados. Millones de luces de todos los colores requieren día a día nuestra atención, y pretenden conducirnos a la felicidad, a nuestra realización completa, emborrachándonos de paso de un sentido de libertad y de grandeza que se demuestran inexorablemente vacíos y falsos. Esto también lo sabía el evangelista, y por ello pone en labios de Jesús estas palabras: “he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos”. Ciegos, o cegados, que es lo mismo, por esas luces engañosas. Hoy Jesús quiere tocar nuestros ojos, los de nuestra mente y los del corazón, para que veamos, para que comprendamos, para que tengamos luz, para que captemos las cosas como son, como Dios las ve, para que nos enamoremos de lo bello, de lo bueno, de lo que realmente vale.

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Si conocieras el don de Dios y quien es el que te pide de beber…

El evangelio, especialmente el de Juan, está recorrido por preciosos encuentros de Jesús con la gente de su tiempo. Jesús no rehusó el cuerpo a cuerpo, el encuentro personal. A veces nos confunde el hecho de verlo rodeado de mucha gente, pero él fue, sin duda, muy personal, uno de esos tipos a quienes le gusta el tú a tú. Y aquí lo vemos hoy con una mujer, y a solas, sin testigos, sin adornos. Sólo un pozo al que había que venir a sacar el agua necesaria para los habitantes de Sicar. Jesús se adelanta a entablar una conversación, prohibida, por otra parte, por los convencionalismos de sus tiempos. En eso no han variado mucho las cosas. Él tiene sed, y la mujer tiene el medio para llegar hasta donde está el agua. Hasta aquí nada de extraordinario. No sabemos bien si la mujer calmó la sed de Jesús, pero la escena da un giro de noventa grados cuando es ella la invitada a pedir agua para para una sed que el Señor descubre en su corazón, una sed, más profunda, más insaciable, más existencial que la del propio galileo. “Si conocieras el DON que Dios es para ti, y si supieras que es ÉL MISMO quien te pide de beber, tú te hubieras adelantado a pedirle que calmara con su agua viva la sed que permanentemente reseca tu corazón…” Si algo ha provocado el encuentro personal de Jesús con cualquier hombre o mujer de nuestro mundo, eso ha sido una experiencia de amor tan grande que ya no ha hecho falta nada más. “Sólo Dios basta”, clamaba Santa Teresa de Jesús. Ya no se necesitan otros amores, ni volver a rebuscar repetidamente allí donde no se ha calmado jamás la sed del corazón humano. Por eso es para mí y para ti esta palabra del evangelio de hoy. Es para que no dejemos pasar de largo a Jesús, sentado en el pozo de nuestra vida. Para que nos dejemos atrapar por la dulzura de su agua viva, un agua, su Espíritu, que él da al corazón sediento de VIDA. “Dame de esa agua, Señor…”

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No siempre es domingo, pero….

Pero… la verdad es que sin el domingo la semana se convierte en algo cuanto menos tedioso. ¿Qué pasaría en nuestras vidas si sacáramos de ella la fiesta con que se nos engalana de cuando en vez? Pues que se la comería la monotonía. Y la monocromía, porque sería muy gris… Sin duda, el mismo Jesús lo sabía, y, tal vez, hasta lo había experimentado. Así que decidió que ese día iba a haber una fiesta especial. E invitó a sus tres mejores amigos. Los llevó al monte, allí donde la cercanía de Dios es más palpable, para enseñarles su traje de fiesta. Dice el evangelio que Jesús “se transfiguró delante de ellos”. Es decir, se dejó ver como el Jesús “de los domingos”, el de los días de fiesta. Y lo vieron tan hermoso, tan lleno de luz y de vida, que quedaron fascinados, atrapados por esa belleza que enamora. “¡Qué bien se está aquí… hagamos tres tiendas!” Yo no sé cuál fue exactamente la intención del evangelista al contarnos esto. Pero, ¿no estaría pensando en la necesidad que tiene cada cristiano de vivir de vez en cuando una experiencia similar? O ¿no estaría reflejando la experiencia que sí tenían en sus primeras comunidades cuando se juntaban para celebrar al Señor? Digamos lo que digamos, una vida cristiana sin momentos de Tabor uno no sabe muy bien lo que es. Sin encuentros con Jesús que nos fascinen y enamoren, sin momentos en los que poder “contemplar la belleza de nuestro Dios”, sin esos “subidones” que nos colocan allá donde tenemos el privilegio de verlo tal cual es; sin que broten de nuestros labios entonces palabras dulces, llenas de alabanza y adoración para él, sin esa sana embriaguez producida por la experiencia de la gratuidad de su amor, en fin, sin el gozo de experimentar su Espíritu actuando en nosotros y en nuestras comunidades, ¿que nos queda del cristianismo? ¿No se nos convierte, acaso, en una mera ética, en una filosofía, en un simple cumplimiento de normas y leyes? Jesús, ya sé que fuiste tú quien eligió a los tres, y ya sé también que yo no me puedo apuntar simplemente porque sí, ya sé todo eso… Pero este domingo quiero decirte que nada es ni será igual en mi vida ni en la de mis hermanos si no nos invitas hoy y de cuando en vez a esta fiesta del Tabor. Para el tono gris, ya tenemos muchos momentos. Para ver el brillo de tu rostro, que enamora y conquista, sólo tu invitación a subir contigo a la montaña. ¿Tendrás a bien, Jesús, organizarnos un día de fiesta similar a tu lado?

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Sois la sal de la tierra, sois la luz del mundo

luzSólo las estrellas emiten luz propia. Porque sólo ellas la tienen por definición, no sólo en lo más profundo de sus entrañas, sino en toda su realidad. Es enorme la afirmación de Jesús sobre sus seguidores, impresionante, y no cabe duda que, vista la realidad, parece un exceso. ¿Quién diría que seamos luz y sal en nuestra sociedad? ¿A quién alumbramos? ¿Dónde está el sabor a Dios que tiene el lugar donde vivimos? Alguien dirá que es cierto, que alguno de nuestros mejores hombres y mujeres lo son, que consiguen certificar la propuesta de Jesús. Pero si hablamos de todos, de ese “vosotros” del evangelio… Y es que en realidad sal y luz del mundo lo es Jesús. Sólo él. Así lo manifiesta en el evangelio de san Juan: “Yo soy la luz del mundo”. Aún así no podemos renunciar a su palabra del evangelio de hoy, no podemos encogernos de hombros vista nuestra pequeñez y pobreza. Somos, en palabras del Señor, sal y luz para nuestro mundo. Sólo que está claro el modo de lograrlo. Únicamente brillará en nosotros la luz si cumplimos dos condiciones. La primera, la más importante, es llevarla dentro. Esto requiere estar de verdad habitados por Jesús, vivir en el corazón la llama de su amor, siendo nosotros mimos los primeros “quemados”. Si Jesús es sólo una idea, si es una devoción prescindible, si es sólo una de las posibles luces de nuestra vida, cierto que no brillaremos ni aunque nos abramos en canal. Y es que, en ese caso, no estaremos “llenos” de él, habitados por su presencia. Jesús será todo lo más una luz que brilla más allá y al margen de nosotros mismos. Pero está clara nuestra vocación, y la dignidad que se nos concede. La segunda condición es precisamente esa que decíamos antes: abrirnos en canal, no cerrar ni privatizar la gracia de Dios. No ser luz para nosotros mismos, o sólo para nuestro pequeño grupo. Eso es encerrarla. Y, si lo hacemos así, aun en caso de que la tengamos, tarde o temprano dejará de brillar, porque se nos apagará. Testimoniar a Jesús y hacerlo más allá de nuestras fronteras personales o de nuestro grupo es la única posibilidad que tenemos de que esa pequeña luz que llevamos dentro por su gracia se convierta en un fuego que alumbra y da calor.

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Venid conmigo y os haré pescadores de hombres

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El evangelista Mateo recoge en el texto litúrgico de este domingo los primeros pasos de la vida pública de Jesús, tras la fenomenal experiencia de su bautismo a manos de Juan y su vuelta a Galilea. Y lo que recoge es el meollo de su primer mensaje evangelizador y la primera acción que él ejecuta en los inicios. Es significativo que diga y cuente esto y no otra cosa. Lo primero de todo, señalar que con Jesús se acaban los días de la promesa. Él es el cumplimiento de las mismas. No se trata de decir que nos convirtamos porque de otra manera algo pasará, sino proclamar que es precisa la conversión porque está ya presente, a disposición de uno, la gracia. Es cierto que sólo se accede a ella si se da esa conversión, pero también es cierto que el esfuerzo de la conversión no se liga a una promesa de futuro. El Reino de los cielos está aquí, está en Jesús. El Reino de los cielos es Él mismo. Esto sí que es “evangelio”, es decir, “buena noticia”. Y su primer gesto, una llamada: “Venid conmigo”. Buscar amigos, construir una comunidad, vivir con los otros aquello que se predica, hacer presente en la carne de los llamados el mensaje de Dios es la tarea del evangelio. No se trata, por tanto, únicamente de un anuncio, sino de procurar el espacio en que tal anuncio se verifique, se haga real. No sólo hablar de Dios, o de Jesús, sino hacerlo presente, a él y a sus dones de salvación. Desde entonces, ser cristiano será siempre “ir con Jesús”, caminar con él y seguir sus huellas. Esto precisa de un encuentro personal. Un encuentro y un amor suyos que se transforman en llamada: “ven y sígueme”. Y, como ya no hay tiempo que perder, porque el kairós está aconteciendo, porque es el momento, porque estamos ante el “carpe diem”, ellos, los llamados “inmediatamente, dejándolo todo, lo siguieron”. Y esa aventura sigue viva, porque él, Jesús, sigue vivo entre los hombres, y sigue llamando, y sigue invitando a experimentar la alegría del Reino. La clave está en la rapidez, que no es un impulso incontrolado, y sí, en cambio, aceptar el reto que nos propone su llamada, aceptar el riesgo de dejarlo todo para tenerlo todo. Y para ser pescadores de hombres.

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Este es mi hijo amado

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Se cierra el ciclo de la Navidad, y se cierra con el mismo anuncio con el que se inició, es decir con la proclamación de que en medio de nosotros está Dios. El Enmanuel prometido por el profeta, y que se mostró a los pastores en Belén; el Mesías que se mostró a los Magos, abriendo con ello la puerta de los gentiles al encuentro con el Dios-hecho-hombre, se muestra hoy, de nuevo, adulto, al pueblo de Israel. Es de destacar cómo el evangelio y la propia liturgia no tienen reparos en ponerlo ” a la cola”, como cualquier otro hombre. Él también pasará por las manos del Bautista, para que se cumpla en él, como en cualquier otro, la obra de Dios. Oculto entre los demás, el Padre Dios lo destaca, lo “descubre” a la vista de quienes miran, para que puedan contemplar la auténtica realidad que lo habita. Es la voz de Dios, su palabra, y la acción del Espíritu, quienes ponen en evidencia lo que no es perceptible al simple ojo humano. Creer en Jesucristo significa primero que todo un gesto de absoluta confianza en quien lo revela, a quien se le concede más fiabilidad que a los propios sentidos. Es así y sólo así como podremos descubrir al que ha venido a vivir a nuestro lado, con una mirada sustentada por la palabra de Dios y ungida por el Espíritu. Sólo así podremos traspasar la “carne” de la que se ha revestido, y podremos reconocer, de este modo al Dios que viene a visitarnos, que se nos acerca con su misericordia para que seamos salvos. No es preciso que nos hagamos nosotros los humildes. Es preciso que aceptemos su humildad. Él lo ha querido así, y esta es la condición para formar parte del “reino”.

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Santa María, Madre de Dios

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Que María, la Madre de Jesús, la Madre de Dios nos mire hoy a todos con benevolencia. Ella, que nos ha sido entregada para sea también nuestra madre, nos proteja y nos guarde en la unidad y el amor a lo largo de este año 2017 que hoy comenzamos. Que guarde y proteja a nuestras familias, a nuestra comunidades, a nuestros jóvenes y niños, a los ancianos, y, de modo especial, a quienes son el descarte que hace nuestra sociedad, a los más pobres.

Bajo tu protección nos acogemos,
Santa María, Madre de Dios,
nos desoigas las súplicas

que te dirigimos en nuestras necesidades;
antes bien, líbranos siempre de todo peligro,
oh Virgen gloriosa y bendita.

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Nos ha nacido un niño, que es el Enmanuel

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Feliz Navidad a todos. Dios ha enviado a su Hijo, se ha hecho “carne”, hombre como nosotros, para vivir a nuestro lado. Desde entonces y para siempre. ¡Venid, encontrémoslo! ¡Venid, adorémosle!

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