Y crecía en estatura, en sabiduría y en gracia

Y en familia. El evangelio de San Lucas se preocupa de poner esta nota con la que resume los años jóvenes de Jesús en su casa de Nazaret. Crecer junto a los suyos, a su sombra, bajo su cobijo, en comunión de amor familiar. Tal vez nunca nos podamos imaginar cómo fue exactamente esta vida de Jesús, pero el evangelio nos recuerda que supo ser un buen hijo, sujeto a la autoridad de sus padres, y que supo que respetar el ritmo de crecimiento de todo hombre que viene a este mundo y tiene la suerte de encontrar el mismo medio que él encontró: un hogar donde es hijo amado y donde, al mismo tiempo, aprende a amar. No crece sólo en estatura, también lo hace en sabiduría y en gracia. Y eso porque la persona, para su justo equilibrio, lo requiere así.

No puedo evitar una mirada agradecida a mi propia familia. Gracias, Señor, por mis padres, que me enseñaron a ser persona, que se preocuparon de mi crecimiento humano, intelectual y religioso. Gracias porque, sin violentar nunca mi libertad personal, me enseñaron a vivir “sujeto” a la comunidad familiar, y establecieron en mi corazón vínculos filiales y fraternos que nunca se han roto, y que tan feliz me han hecho en tantos momentos junto a ellos. Y que tan feliz y orgulloso me siento en el recuerdo y en la vivencia del afecto familiar.

Tampoco puedo olvidar mi “otra familia”, más amplia, pero igual de regalo de Dios: mi comunidad religiosa, y, sobre todo, mi comunidad de fe y amistad, que tan profundamente ha acompañado a vivir la Navidad en Baratze, un año más, por gracia de Dios. Una familia de más cien… Será por eso que la alegría se vive multiplicada y el cariño resulta tan reconfortante….

Dios encarnado, Jesús de Nazaret, hermano y amigo de los hombres, Señor de la historia, camino, verdad y vida… Así ha sido para nosotros estos preciosos días de Baratze. Gracias, Señor, por el regalo de la familia. ¡Cuídanos, mantennos unidos en el afecto fraterno y en la fe en ti!

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¡Se ha cumplido la promesa…aquí está!!!

¡Qué hermosos los pies del mensajero que anuncia las buenas noticias!! ¡Qué hermoso el día de la Navidad, que trae consigo la noticia de nuestra redención, porque hoy ha querido Dios ser el Enmanuel (Dios-con-nosotros). Ha querido compartir nuestra humanidad, Él, que nos creó, que nos hizo a su imagen, ha querido ser uno de nosotros para que también nosotros compartamos desde ya su divinidad. ¡Porque el hombre que Dios creo, el que nació cuando quiso pronunciar nuestro nombre, ése ser humano está llamado a una plenitud que no podría ni soñar: está llamado a “ser como él, a verle como él es.” ¿Qué más se puede hacer, sino adorar arrodillados en humildad a quien se han hecho tan pequeño para hacernos tan grandes? “No temáis, os anuncio una buena noticia, que lo será para todo el pueblo: hoy en la ciudad de Judá os ha nacido el Salvador, el Señor”.

No te quedes a la entrada del portal
contemplando la pobreza del lugar;
no consientas que su aspecto te detenga en el umbral
y te pierdas la alegría del hogar.

NAVIDAD ES TIEMPO DE ESPERANZA
NAVIDAD, REGALO DEL SEÑOR,
NAVIDAD ES DIOS QUE NACE PARA TU LIBERACIÓN,
NAVIDAD ES TIEMPO DE DIOS.

 

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Dichosa tú, que has creído

Dichosa tú

Fe y cumplimiento de las promesas del Señor van de la mano. Tan de la mano, que si falta la fe, si no se pone en marcha, es como si se le cerraran a Dios las puertas para poder realizar su sueño en el hombre. Basta recordar lo que sucedió con Jesús de Nazaret en su propio pueblo. Apenas alguna pequeña curación, porque no tenían fe. El evangelio de hoy lo deja muy claro: “Dichosa tú…” El evangelista nos hace constatar que la “dicha” o la grandeza de María no consiste más que en el hecho de “haber creído”. Sólo por el hecho de creer, ha posibilitado a Dios cumplir su plan. La fe de María ha sido la puerta abierta para que Dios haga el ella “maravillas”. Así, porque María ha creído, lo que le ha dicho el Señor se cumplirá. Y eso que lo que Dios había dicho a María era el imposible de los imposibles. Sólo la fe deja a Dios la posibilidad de ser Dios con su criatura.

En este último domingo de adviento, tan cercana ya la Navidad, María es la figura central que propone la liturgia para que todos aprendamos cómo hacer posible en nosotros una nueva Navidad-Natividad del Señor. Sólo con los oídos de la fe se puede escuchar una promesa, sí, con los de la fe, porque, de otro modo, pensaríamos que la promesa no era para nosotros. Sólo con los oídos de la fe se puede escuchar que el amor de Dios es gratis, y que por eso es posible que se fije en pobres criaturas como tú y como yo. Sólo con los ojos de la fe se puede percibir la presencia de aquél que es el Enmanuel, el “Dios-con-nosotros”. Sólo dejando rienda suelta a la fe puede saltar de gozo nuestra propia criatura, o la que llevamos cada uno de nosotros en lo más profundo de nuestro ser, tan necesitada siempre de una buena noticia…!

Hoy hay que aprender que la dicha viene de la fe. Hoy se nos invita a la mayor osadía posible. Cuanto más grande sea, más sabremos que sólo Dios ha podido realizarla, porque para nosotros, al ser tan grande, era del todo imposible. Ya sé que no es fácil, ya sé que nos cuesta un mundo creer. Podemos hacer como aquel pobre hombre que llevó a su hijo para ser curado por Jesús: “Señor, creo. Pero aumenta mi fe”

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Estad siempre alegres en el Señor

Si hay algo que nos interesa de verdad, algo que buscamos con empeño, eso es vivir alegres. La alegría es, sin duda, uno de los valores más amados de la vida. Y es también, desde nuestra experiencia, una de las cosas más difíciles de lograr. Sin embargo, la palabra de Dios nos pide estar y vivir alegres. El Papa Francisco en su encíclica Evangelii Gaudium recuerda a todos los cristianos que la alegría es una experiencia inseparable de nuestro ser creyentes. Siendo todo esto así ¿qué podemos hacer?

Está claro que la alegría es un don, un regalo precioso. Si nos damos cuenta, la alegría nos llega, esencialmente, de una de estas tres cosas: recibimos alegría cuando llega a nuestros oídos una buena noticia. Y hay noticias que nos producen un enorme “subidón”. También se nos llena el corazón de gozo ante determinados acontecimientos, como cuando recuperamos la salud, o cuando alguien nos saca de un apuro y podemos “respirar tranquilos”. Pero en esto de la alegría se lleva la palma el encuentro con una persona a la que amamos, o de la que recibimos amor. Su abrazo, su amistad, su cariño, su ternura, su simple presencia en tantos momentos nos llena del todo. ¿No es verdad? Pues entonces no debiera ser  tan difícil para un creyente cristiano vivir esta experiencia. Pero para ello hay que poner en marcha el mecanismo que la provoca. Y es que escuchar una buena noticia -la mejor noticia que podemos escuchar en nuestra vida- lo tenemos al alcance de nuestra mano. Se llama EVANGELIO, que ya sabemos que es una palabra griega que significa precisamente eso: buena noticia. Y es que ¿dónde puede encontrar alguien una noticia que sea más maravillosa y exultante que la que la Palabra de Dios nos anuncia en el Evangelio? Y el evangelio no es sólo palabra, es también poder de Dios que trae la salvación a quien la escucha y la acoge con fe. ¡Cuántas curaciones, cuánto poder de Dios liberado…! Por si esto fuera poco, nos queda aún lo más importante. Se trata del encuentro con Jesús de Nazaret, el Señor. Y no es un encuentro que debamos conquistar nosotros, porque de lo que se trata es de que nos dejemos encontrar por él con sólo que nos pongamos a tiro, como Zaqueo, como Nicodemo, como Pedro, como María Magdalena… Para vivir alegres hay un secreto que se llama Evangelio, no como un libro escrito, sino como mensaje escuchado y vivido cada día. ¡Ven, Señor Jesús!

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Preparad el camino del Señor

Llegamos al segundo domingo de Adviento. Lo hacemos con un mensaje muy claro: es la voz que grita en el desierto: “Preparad el camino del Señor”. Bueno, no sabemos bien si es la voz que grita en el desierto o es la voz que grita: “En el desierto…” Haríamos bien, en todo caso, en mirar en ambas direcciones, o, en todo caso, haríamos bien en escuchar esta voz para que no suceda aquello que decían nuestros abuelos: “Predicar en desierto, sermón perdido”. Y es que hay una serie de detalles que nos deben animar a hacer lo que el profeta grita, sea desde el desierto donde él se encuentra, sea al desierto en que nosotros nos encontramos. Si lo consideramos bien, nos daremos cuenta de que sólo al amigo, sólo al que trae cosas buenas se le pone “alfombra roja” en el camino. Al contrario, al de las malas noticias, ¡ni agua! Si el profeta grita que preparemos el camino del Señor es porque bien sabe él lo bueno que es que llegue, y que lo haga cuanto antes: “Todos verán la salvación de Dios”. Así termina su grito. Alfombra roja para él, que no tropiece su pie, que llegue cuanto antes, que lo haga de la manera más gozosa….¡viene con su salvación!

Claro, -y este es el segundo detalle- que se precisa vivir y sentir esta necesidad de ser salvado. Si no ¿para qué perder el tiempo en hacer algo que deberá pasar inadvertido en nosotros, porque no necesitamos nada de aquél que está en camino? Tal vez sea por eso que el profeta grita “en el desierto”, porque lo hace sabiendo que para muchos hombres su mensaje no tiene mucho valor: viven bien instalados, cómodos, satisfechos…. no necesitan de nadie que los salve. Ese es un desierto para la voz del profeta: nadie en torno que escuche, nadie que haga caso. ¿No será mi caso? Quisiera decir que no. Prefiero escuchar al profeta sintiéndome “en el desierto de mi vida”, donde me falta lo que de verdad me salva. Preparar el camino del Señor es gritarle a quien sabemos está siempre caminando, porque será una suerte si, desviado por nuestras voces, pasa a nuestro lado. Si lo hace, estamos salvados. Él nos sacará del desierto con sólo seguir sus pasos. Porque, -recordemos- esto es lo que nos dirá: “Ven y sígueme”. Te conviene, nos conviene…¡preparemos el camino del Selor!

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Adviento Primera Estación: Viene el Señor

Adviento1Otra vez a vueltas con esas aparentes contradicciones del Evangelio. “El que es y el que viene.” Todo nuestro interés está centrado en reconocer a aquel que vive entre nosotros, al que está como Señor de nuestra historia. ¿Qué sentido puede tener anunciar que viene aquél que ya ES y ya ESTÁ? Y, sin embargo, el Adviento es un grito gozoso que anuncia la venida de aquél que nos salva? Y por otra parte, es que está bien, es que necesitamos que alguien nos despierte al Señor que viene. Y es que nos podemos olvidar en el día a día de que ese Jesús que vive resucitado entre nosotros, que está a nuestro lado “todos los días hasta el fin del mundo”, ese mismo Jesús es el que siempre está de camino. No es el  Jesús estático que se sitúa en un punto estratégico de nuestra tribu humana esperando que vayamos a él a adorarlo, a rendirle pleitesía. Eso habrá que hacerlo, claro, pero habrá que hacerlo mientras vamos de camino con él. No podemos olvidar que él nos dijo: “Ven y sígueme”. Ser cristiano es tener las raíces bien echadas en él, pero son raíces que, paradógicamente, se mueven para ir a encontrarlo y servirlo justamente al lugar donde él se quiere dejar encontrar en cada momento de nuestra historia. Llegar a Jesús no es llegar a una “estación término”, sino justamente a aquella que desbarata nuestra vida y nuestro porvenir, porque ahora lo importante es tomar el mismo tren que Jesús toma, e ir con él a donde nos lleve.

Y ese Jesús que se mueve al encuentro de los hombres anuncia su llegada otra vez. Bienaventurado quien tenga sus ojos abiertos y su corazón en vela para verlo al pasar, Bienaventurado quien disponga su oído para poder captar su voz, y quien tenga sus labios prestos a decirle, cuando llegue: “Maestro, te seguiré a donde quiera que vayas”. Para que tu vida no se haga vieja y repetitiva, ordinaria y llena de rutina que no da vida, para que él lo haga todo nuevo y te regale un año más de seguimiento en fidelidad, vive el Adviento. Di al Señor: “Sé que estás, pero te espero “nuevo”; ven y renuévame a mí también, ven y cambia mi vida con tu fuerza y tu amor, ven y ponme en camino contigo para llevar tu salvación a quienes viven a mi lado y a aquellos a quienes tú me quieras enviar”.

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Cristo Rey…¿pero qué rey?

Cristo Rey fanoSe nos hace difícil en ocasiones llegar sin más a la mejor de las comprensiones de los títulos que damos o atribuimos a Dios y a Jesús de Nazaret. Son títulos teológicos que históricamente han podido recoger el entusiasmo del pueblo de Dios y expresarlo de una manera adecuada a ellos. Pero no es sólo por el tiempo histórico. Pilato le interroga a Jesús sobre su ser Rey. Y el responde que sí y que no. “Tú lo dices, yo soy Rey, pero mi reino de no es de este mundo…” Es decir, es un Rey cuyo modo de ser no se conoce entre nosotros. Entonces, ¿qué Rey es Jesús? Porque hay más que nunca tenemos que renunciar a ver en esta figura al Rey medieval, o a los reyes actuales al modo que lo son los que conoceos. No cabe duda de que Jesús es Rey. “Tú lo has dicho”, le responde a Pilato. Pero si seguimos el rastro del evangelio vemos que Jesús reina convirtiéndose en un siervo, vemos que alcanza el primer puesto colocándose en el último, vemos que alcanza su grandeza haciéndose el más pequeño…. ¡Podríamos seguir añadiendo más y más cosas de este estilo! Hoy la Iglesia, y todos los creyentes con ella, debiéramos buscar a Jesús no en aquél que, sentado en un trono, gobierna al modo de nuestros poderosos, no en e esplendor y en el triunfo que humilla al contrario, no en la imposición de un poder incontestable. Hoy más que nunca debiéramos buscarlo -y así lo encontraríamos- donde haya alguien que está sirviendo por amor, donde se hace el bien sin buscar beneficio, donde se valora, donde se dialoga y se ofrece, pero no ses impone, en una palabra, donde se manifiestan de la mano el amor y la gratuidad. Este es el reinado de Jesús. Y él es el Rey, el primero, el más grande, el mejor, el más adorable de todos ellos. Por eso merece la pena seguir celebrando la fiesta de Cristo Rey, pero con el evangelio en la mano, por favor.

Y hay, no obstante, otra manera. Y en ella sí que existe un trono real donde colocar a Jesús Rey, y, sis se quiere, a la imagen de todo Rey bueno. Se trata de ni corazón, de tu corazón. Ahí puedo ponerle un trono y hacerlo el Rey de mi vida, mi Señor.

"Aquí está trono, oh Dios, 
aquí en mi corazón, 
Reina tú por siempre en él, 
sólo tuyo es"
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Sabed que Él está cerca, a las puertas

Hay al menos dos maneras de entender este CERCA del texto del evangelio de hoy. ESTÁ CERCA se puede decir de alguien que está llegando, que viene de camino, que va pasar al lado de donde estamos., o que, incluso, viene a nuestro hogar. Este CERCA es de este modo, una manera de remitir al futuro, sea o no del todo cercano, el acontecimiento que se anuncia. Y eso tiene unas consecuencias en el modo de vivir que nace del anuncio recibido. Y es que si está cerca es que no está aquí. Llegará. La segunda manera que entiendo yo significa este ESTÁ CERCA no se refiere a alguien que este llegando, sino a alguien que, de hecho ESTÁ PRESENTE. Y se anuncia su presencia diciendo que está CERCA, que está a tu puerta. Esta manera de entender el texto no nos remite al futuro, sino que nos encara con el presente, hasta el punto de convertirlo para nosotros en una especie de reto. Porque no se trata de ESPERAR, sino de MIRAR y sobre todo de VER. No  podemos convertir nuestro encuentro con Jesús en una promesa de futuro, porque el cristianismo sería entonces el mero anuncio de algo que vendrá, de alguien que llegará. Y la vida, una manera de prepararse, o de estar preparado para cuando llegue, y evitar, de este modo, males mayores. Porque, dicho sea de paso, este tipo de anuncios se suelen dar casi siempre con ese toque de amenaza, ese “más te vale estar preparado”. ¡Cuántas veces hemos vivido de una teología en la que este anuncio no generaba precisamente alegría, sino temor! Algunos, seguramente sin querer, han convertido el Evangelio  -la Buena Noticia de Dios- en un pregón que sólo suscita miedo y ganas de esconderse.

Sin embargo, el evangelio es la Buena Noticia de Dios que nos asegura que Jesús está CON NOSOTROS TODOS LOS DÍAS DE NUESTRA  VIDA. Y eso no  es el anuncio de una llegada a futuro, sino de una presencia viva para el día de hoy. Cada día Jesús ESTÁ CERCA de mi, tanto que está a las puertas de mi ser, tanto que se cruzará en  mi camino sí o sí. No hace falta asomarse a la tapia y mirar el más allá para ver cuánto de cerca o lejos está. No quiere el Señor discípulos y seguidores que pierdan el tiempo indagando cuándo vendrá. Es lógico, porque quien actúe así estaría pasando por alto que Él ya está a las puertas de su vida, que ya está presente en la algarabía del día a día, y que se cruzará con nosotros con la intención de curarnos, de alegrarnos, de convertirnos en personas felices que, por serlo, hacen felices a los demás.

“Tan cerca de mí, tan cerca de mí, que hasta lo puedo tocar, Dios está aquí.”

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Enseñanzas de Loiola 2018 en texto formato PDF

Gracias al trabajo de nuestras transcriptoras, que son todo un fenómeno, ya disponemos de toda la enseñanza recibida en la Asamblea Regional de Loiola 2018, impartida por nuestro hermano y amigo Charles Withehead. Están disponibles en la pestaña Loiola 2018

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Asamblea Regional de Loiola 2018

Los días 23,24 y 25 de febrero de 2018 celebramos nuestra Asamblea Regional de la RCCeE. Tenemos la fortuna de contar con Charles Whitehead, de Inglaterra, que ha sido durante nueve años Presidente del ICCRS. Se  bpuede acceder al contenido del retiro o a través de los links superiores o clicando aqui: https://okarccblog.wordpress.com/loiola-2018/

 

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